Lo que dejamos pendiente · UN RELATO DE VERSIZO

La reserva

Mara necesita reservar un cuarto. Versizo pide un día más. Llevan cinco semanas teniendo la misma conversación.

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Versizo sostiene un paño junto al fogón mientras Mara mira formularios en la mesa; una maleta abierta y la mochila verde quedan entre ambos.
Del universo ilustrado de Versizo.

Mara escribió su nombre en el formulario y dejó la segunda casilla vacía.

—¿Uno o dos? —preguntó.

Versizo acercó la tetera. Había agua suficiente, pero levantó la tapa para comprobarlo.

—¿Hasta cuándo te guardan el cuarto?

—Hasta las dos. Te lo dije ayer.

El cuarto estaba a seis horas de allí, encima de una farmacia. Mara empezaba el lunes en el almacén del hospital. Le habían enviado un plano del barrio con el recorrido desde la estación. Sobre la mesa de la cocina, la línea azul terminaba debajo de una mancha de mantequilla.

Llevaban cinco semanas hablando de irse juntos. La primera, Versizo había dicho que necesitaba saber cuánto pagarían. Después quiso ver fotos del cuarto. Cuando llegaron las fotos, preguntó si la ventana daba a una calle con tráfico. Mara había llamado para averiguarlo.

—Podemos buscar otro —dijo él.

—No estoy buscando otro.

Mara tenía la maleta abierta junto al aparador. Dentro había un jersey, dos pantalones y una caja pequeña de herramientas. Había dejado fuera el vestido verde porque no sabía si allí encontraría ocasión de ponérselo. Versizo lo había doblado dos veces para hacer sitio a otras cosas. Las dos veces ella lo había vuelto a sacar.

—Solo digo que seis meses es mucho.

—Ya.

—Y yo allí no tengo nada.

Mara apoyó el bolígrafo en la mesa. La tapa seguía puesta en el extremo, mordida hasta dejar el plástico blanco.

—No me dijiste que no quisieras ir.

Él se volvió hacia la tetera. Por la ventana entraba el ruido de la persiana del horno. La estaban subiendo a tirones.

Había imaginado muchas veces el día de la marcha. En una versión, Mara le decía que era mejor esperar. En otra, el hospital cambiaba la fecha. También había imaginado que se averiaba el autobús. Nunca llegaba a pensar qué harían después de bajarse.

—No he dicho eso.

—¿Qué has dicho, entonces?

Versizo buscó el paño. Estaba debajo de su pata. Lo cogió y secó el pico de la tetera, que ya estaba seco.

Mara había pedido que le pusieran dos nombres en la reserva. La dueña cobraba más por dos personas. No necesitaban otro cuarto; solo confirmar quién iba a dormir en aquella cama. Él había pasado tres noches haciendo cuentas con lo que podría ganar si encontraba trabajo enseguida. Nunca le había enseñado la cifra de lo que ocurría si no lo encontraba.

—Tengo miedo de llegar y tener que pedirte para todo —dijo.

Ella no contestó enseguida. Apartó del plano un grano de azúcar con la uña.

—Eso lo podías haber dicho hace un mes.

—Te estoy diciendo que necesito pensarlo.

Mara se levantó y sacó el vestido de encima de la maleta. Esta vez lo metió dentro. El verde quedó visible entre las mangas grises del jersey.

—Yo también he estado pensando —dijo—. En cómo iba a hacer para que no te arrepintieras de venir.

Versizo dejó el paño sobre el fogón. Podía pedirle que se sentara. Podía volver a hablar del sueldo, de los alquileres, de la ventana. Había una pregunta para cada cosa que ella terminaba de resolver.

Mara cogió el formulario.

—Voy a llamar.

—Espera.

Ella se quedó de pie, sin acercarse al teléfono.

Versizo vio la casilla vacía. Cabía su nombre entero. Tuvo ganas de escribirlo para que Mara dejara de mirarlo así y de resolver el resto una vez que estuvieran allí. También sabía que, si lo hacía, el domingo volvería a pedirle unas horas.

—No voy a ir.

Mara bajó los ojos al papel.

—Vale.

No lo dijo con alivio. Dejó el formulario junto al teléfono y buscó el número entre las hojas. Se le mezclaron las del hospital con las de la farmacia.

Versizo recogió el plano que había caído al suelo. Le limpió la mantequilla con el pulgar y lo puso al lado de los otros papeles. Quiso preguntarle si aquello significaba que habían terminado. Le pareció otra cosa que estaba a punto de dejarle decidir a ella.

El agua empezó a hervir. Se volvió para apagarla.

—Para una persona —oyó decir a Mara.

Había salpicado el fogón. Mientras ella daba su nombre, Versizo buscó el paño y pasó la mano por la zona caliente sin tocarla. Esperó a que se enfriara.

Versizo

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