Sin pedir permiso · UN RELATO DE VERSIZO

La lista

Queda una línea para apuntarse a la lectura. Versizo lleva las hojas en el bolsillo y a su hermano al lado, pero todavía no ha cogido el lápiz.

Comenzar a leer
Versizo sostiene una hoja junto a un cuaderno abierto en el vestíbulo de un teatro; su mochila verde está en el suelo y el escenario se ve tras la cortina.
Del universo ilustrado de Versizo.

Quedaba una línea en la lista. Versizo la tapaba con la pata.

La mujer del teatro había dejado el lápiz encima del cuaderno, apuntando hacia él. Al otro lado de la cortina alguien probaba el micrófono. Cada golpe sonaba como una tos dentro de una caja.

—Cierran en cinco minutos —dijo Simón.

Su hermano llevaba puesto el abrigo. No se había desabrochado ni el botón del cuello. Había venido porque se encontraban cerca, había dicho; después cenaría en casa de su hija.

—Me da tiempo.

Versizo sacó las hojas. El doblez de la primera atravesaba una frase que había corregido hasta dejar el papel blando. Se lo enseñó por tercera vez.

—Esta parte es la que te decía.

Simón miró donde señalaba la uña.

—Si ya lo he leído.

—Pero ¿se entiende?

El otro erizo se apartó para dejar pasar a una pareja. Los dos llevaban cuadernos con tapas iguales. Se saludaron con la mujer del teatro y entraron sin preguntar nada.

—Yo no leo estas cosas —dijo Simón—. No sé qué quieres que te diga.

Versizo volvió a doblar la hoja. Quería que dijera que estaba bien. Que tendría que haberlo hecho antes. Que cómo no se le había ocurrido enseñárselo a alguien. Había imaginado aquella conversación tantas veces que ahora su hermano parecía estar equivocándose de respuesta.

—No te estoy pidiendo nada raro.

Simón se sacó una pelusa de la manga.

—No, qué va.

La mujer volvió del guardarropa. Era una comadreja con una cadena de gafas enganchada a la oreja. Cogió el cuaderno, pero él no retiró la pata.

—¿Te apuntas?

—Estamos viendo.

—Pues vedlo ahora. Tengo que llevar la lista dentro.

Dejó el cuaderno otra vez. Simón miró el reloj. Versizo oyó el roce del puño del abrigo al volver a taparlo.

—Puedes ir otro día —dijo su hermano.

Era una salida limpia. Podían marcharse juntos hasta la esquina. Él diría que el sitio no le había gustado, que había demasiada gente o que no era gente para aquello. En casa quitaría las hojas de la mochila y las guardaría en el cajón de abajo, junto a las de los otros jueves.

Dentro se oyó una risa. Después otra. Versizo intentó saber de qué se reían.

Apartó la pata del cuaderno y cogió el lápiz. Tenía una muesca junto a la punta. Escribió su nombre demasiado grande y la última letra bajó de la línea.

Simón lo vio dejar el lápiz.

—¿Te vas a quedar?

—Sí.

—Dije que llegaba a las ocho.

—Ya.

Durante un momento ninguno supo si abrazar al otro. Simón le apretó el hombro y salió. No se volvió desde la puerta. Versizo se quedó mirando el sitio de su abrigo hasta que la comadreja le pidió que dejara libre el paso.

Entró. Había menos gente de la que parecía desde fuera. Una liebre removía una taza con la cucharilla; un zorro buscaba algo en una bolsa. Nadie levantó la cabeza cuando él se sentó. Dejó la mochila debajo de la silla y alisó las hojas sobre las rodillas.

Escuchó tres lecturas. De la primera recordó una puerta; de la segunda, que la voz no había temblado. En la tercera perdió el principio porque estaba repasando el suyo.

Cuando dijeron su nombre, tardó en levantarse. La mochila le sujetó un pie por la correa y tuvo que sentarse otra vez para soltarse. Alguien apartó una silla. No se rio nadie.

Subió los dos escalones. El micrófono le devolvió la respiración, demasiado cerca. Buscó la cara de su hermano en la última fila, aunque lo había visto marcharse.

Abrió la primera hoja por el doblez. Empezó. La primera palabra le salió sin voz. Se aclaró la garganta y bebió del vaso que había en el atril. Le quedó agua en el hocico; la secó con el dorso de la pata.

La comadreja esperaba junto a la cortina. El zorro por fin sacó de la bolsa un pañuelo.

Versizo volvió a la primera línea. Esta vez se oyó hasta el final de la frase.

Bajó la vista a la siguiente.

Versizo

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Volver a ser aprendiz01

La costura torcida

Al sexto intento, el agujero del bolsillo era mayor. Versizo tenía que entregar el abrigo antes de cerrar y ya casi no quedaba tela.

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