Volver a ser aprendiz · UN RELATO DE VERSIZO
La costura torcida
Al sexto intento, el agujero del bolsillo era mayor. Versizo tenía que entregar el abrigo antes de cerrar y ya casi no quedaba tela.
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Al sexto intento, el agujero del bolsillo era mayor. Versizo puso la punta del descosedor bajo otro hilo. Tiró. La tela hizo un ruido pequeño, parecido al de una hoja seca.
—Para —dijo Mara.
La nutria no levantó la voz. Apartó el abrigo azul de sus patas y metió un dedo por el roto. Le cabía hasta el nudillo.
—Antes no se veía la mesa.
Versizo recogió los hilos cortados. Los fue enrollando en una bola que no necesitaba hacer. Llevaba cuatro tardes en el taller de arreglos; aquella era la primera prenda de un cliente que Mara le dejaba tocar.
—Se torcía al final.
—La tercera vez también. Y el bolsillo aguantaba.
Él miró el reloj. El carbonero vendría antes de las siete. Había dejado el abrigo por la mañana, todavía con el calor del cuerpo dentro, y había pedido que el bolsillo volviera a sujetar las llaves. Nada más. Versizo le había dicho que no se notaría el arreglo. Mara estaba en la trastienda y no lo había oído.
—He gastado el retal azul —dijo.
Mara abrió la caja de debajo de la mesa. Quedaban una manga de cuadros, una cinta roja y un trozo de lona ocre.
—Esto es lo bastante fuerte.
Lo dejó junto al roto. El color parecía gritar.
—Va a decir que no.
—Entonces le devolveremos el abrigo y se lo explicarás.
Versizo se quedó esperando que ella cogiera la aguja. Mara encendió la lámpara de su mesa y volvió a un dobladillo. Solo se oía el roce de la tela al girar sobre sus rodillas.
Antes del cierre del otro taller, Versizo había tenido una mesa para él solo y un cajón que nadie abría sin pedir permiso. Ahora preguntaba dónde estaban las tijeras. El lunes había pasado una hora intentando enhebrar sin que Mara lo viera. Cuando por fin lo consiguió, ya no tenía luz para trabajar.
Cogió la lona. Cortó un rectángulo mayor que el agujero, dobló los bordes y lo sujetó con alfileres. El primero le atravesó la yema. Se chupó la pata hasta que dejó de salir sangre.
Esta vez hizo las puntadas despacio. Una corta, otra demasiado larga. En la esquina inferior tuvo que cambiar de postura porque se le había dormido la pierna. El hilo se enganchó en una púa y lo obligó a dejar el abrigo sobre la mesa para soltarse.
Cuando llegó al último lado, vio que el remiendo subía un poco hacia la derecha.
Acercó el descosedor. Lo tuvo apoyado en la primera puntada. Después lo dejó junto al carrete y remató el hilo con dos nudos.
El carbonero entró con el carro aparcado delante del escaparate. Era un jabalí ancho, de pestañas grises por el polvo. No se quitó la gorra.
—¿Está?
Versizo levantó el abrigo. Había pensado en entregárselo doblado, con el bolsillo hacia dentro. Lo sostuvo abierto.
—El azul se ha estropeado. Lo he descosido demasiadas veces. He tenido que ponerle esto.
El jabalí pasó un dedo por la esquina que subía. Miró a Mara; ella siguió doblando una falda sobre el mostrador.
—Me dijiste que no se notaría.
—Sí.
—Pues se nota.
Versizo se obligó a seguir sujetándolo. Tenía calor detrás de las orejas. En el escaparate, el reloj de la farmacia marcó las siete y su luz verde se apagó.
—No le voy a cobrar el remiendo —dijo.
El carbonero se puso el abrigo. Sacó un manojo de llaves del pantalón, lo dejó caer en el bolsillo y tiró dos veces de la tela. La costura no se abrió. Pagó el botón que Mara había cambiado en la otra manga.
—Mañana tengo reparto —dijo—. No puedo dejarlo otra vez.
Se fue sin despedirse. En el ocre había quedado una marca negra del pulgar.
Versizo guardó las tijeras y limpió la mesa. Mara contó los alfileres antes de cerrar la caja. Faltaba uno. Lo buscaron bajo los taburetes hasta encontrarlo metido en una junta del suelo.
—¿A la misma hora? —preguntó él, ya con la mochila puesta.
Mara le acercó una manga descosida.
—Si vienes un poco antes, todavía entra luz por aquí.
Versizo metió la manga en la mochila, encima de la comida que no se había acordado de sacar. Volvió a la mesa por el carrete. Quedaba hilo para otro intento.
Versizo

