Lo que no vuelve · UN RELATO DE VERSIZO
El billete mojado
El último autobús está a punto de salir. Versizo lleva el dinero justo. Delante, una liebre intenta secar un billete con la manga.
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La liebre frotaba el billete contra la manga. Cada pasada levantaba una pelusa de papel. El conductor lo miró sin cogerlo.
—Eso no lo meto yo en la caja.
Versizo esperaba detrás, con cuatro monedas sudadas en la pata. Había contado el dinero tres veces desde el almacén. Le alcanzaba para el autobús y nada más. Dentro llevaba horas oliendo a fruta podrida; quería llegar, quitarse las botas y no escuchar a nadie.
—Se lee el número —dijo la liebre.
Lo extendió entre los dedos. El billete tenía una esquina deshecha y la cara de un ciervo partido por un pliegue. El conductor acercó la mano. Por un momento pareció que iba a aceptarlo. Bajó la palanca de la puerta.
—Apártense del escalón, por favor.
La liebre se hizo a un lado. No protestó. Intentó doblar el papel y se le quedó pegado a un dedo. Llevaba un abrigo que le caía grande de los hombros y una bolsa sin asas, agarrada por el cuello como un animal muerto.
Versizo subió el primer escalón. El interior del autobús estaba caliente. Se empañaba el cristal encima del asiento del fondo, el que no tenía una barra contra las rodillas. Solo tenía que dejar las monedas y sentarse.
—¿Hasta dónde va? —preguntó, sin volverse del todo.
La liebre tardó en entender que le hablaba a ella.
—Al cruce de los pinos.
Era su misma parada. Desde allí quedaba todavía un trecho de barro, pero con árboles a los lados y sin camiones.
Versizo bajó. Abrió la pata delante de ella.
—Tome.
La liebre miró las cuatro monedas y después su cara.
—Le doy esto.
Le puso el billete mojado en la otra pata. Versizo pensó en decirle que no hacía falta. Ella ya se había cerrado el abrigo sobre la bolsa.
—Vale —dijo.
El conductor volvió a abrir. La liebre subió despacio, agarrándose con las dos manos a la barra. En el segundo escalón tuvo que dejar la bolsa en el suelo y empujarla con el pie. Versizo se acercó para ayudar, pero ella consiguió levantarla antes.
Él hizo ademán de subir detrás.
—¿Y el suyo? —dijo el conductor.
Versizo enseñó el papel. Los dos lo miraron.
—Ya.
No sabía a quién se lo había dicho. Se apartó para que la puerta no le pillara la mochila. La liebre quedó al otro lado del cristal, ocupada en deshacer el nudo de la bolsa. No lo vio levantar la mano.
Cuando arrancó el autobús, el agua de una rueda le entró por el cuello. Dijo una palabra que no había dicho en todo el día. La repitió más fuerte cuando las luces rojas llegaron a la curva.

Echó a andar por el margen. Cada pocos pasos tenía que saltar de la grava a la hierba para dejar sitio a un camión. La primera bota empezó a chupar agua antes del puente. La otra aguantó hasta la cantera.
En el cruce de los pinos ya no había nadie. Quedaba un rectángulo seco bajo la marquesina, apenas del tamaño de una bolsa. Versizo se sentó allí un momento. No sacó las botas: sabía que después no conseguiría volver a meter los pies.
Llegó a su cuarto cuando el vecino estaba apagando la luz del pasillo. Se quitó la mochila, puso agua a calentar y dejó el billete entre dos páginas del diccionario. Había palabras subrayadas de otro que había vivido allí antes.
No durmió bien. A las seis, el papel seguía húmedo.
Se calzó las botas sin calcetines. Los había dejado sobre una silla, cerca del fogón, y uno aún goteaba.
Antes de salir miró el diccionario abierto. No encontró nada que hacer con aquel billete. Lo dejó secando.
Versizo

