Estar, con límites · UN RELATO DE VERSIZO

Lo que cuesta quedarse

Versizo necesita una firma antes de que abra el molino. Inés tiene una taza fría y sus propias condiciones.

Comenzar a leer
Versizo y una tejona en el umbral mojado de un taller del bosque, bajo la luz de una lámpara.
Del universo ilustrado de Versizo.

Inés dejó el lápiz encima del libro de cuentas, paralelo al borde. Versizo entendió que no iba a firmar.

—Solo tendrías que decir que revisamos juntos la compuerta.

La tejona se frotó la marca que la taza le había dejado en la palma.

—Pero no la revisamos.

Tras la ventana, el agua golpeaba el costado del molino. Un saco de harina hinchado contra la puerta impedía cerrarla del todo. Faltaban seis horas para que el dueño bajara del pueblo.

Versizo había oído el traqueteo de la compuerta el martes. El miércoles prometió mirarla. El jueves cobró dos encargos, compró una botella y se durmió vestido. Esa tarde el eje había cedido. Ahora el suelo parecía cubierto de una masa gris que llegaba hasta los tobillos.

—Me echa si lo sabe.

Inés levantó la vista.

—Y si firmo, puede echarnos a los dos.

Versizo tiró del libro. La taza se volcó y el café avanzó por la mesa. Inés lo detuvo con la manga antes de que alcanzara las cuentas.

—Entonces vete.

Ella cogió el abrigo. Durante unos segundos él solo vio la manga mojada, el pelo pegado a la muñeca. Era la misma pata que le había sostenido la escalera en verano, cuando pintaron juntos el letrero del molino y él insistió en que su nombre apareciera primero.

Inés llegó a la puerta. Miró el saco que estorbaba, lo empujó con el pie y se volvió.

—No voy a firmar eso. Si quieres que te ayude a sacar la harina, trae la carretilla.

Versizo se quedó junto a la mesa. Tenía preparada otra frase, una peor. Le bastaba decirla para verla salir.

Fue a por la carretilla.

Trabajaron sin hablar. Al cuarto saco se reventó una costura. Inés maldijo, se quitó el abrigo y lo colgó de un clavo. Debajo llevaba la blusa limpia de los viernes.

—Tenías cena —dijo él.

—Tengo cena. Llego tarde.

A las dos habían despejado el paso. Quedaban el motor, la factura y una mancha de humedad que subía por la pared. Versizo buscó la botella detrás de los tarros. La sostuvo un momento y la dejó donde estaba.

Volvió al libro de cuentas. En una hoja nueva escribió: «El martes oí un ruido». Debajo, nada. La punta del lápiz se partió de tanto apretarla.

Inés sacó una navaja del bolsillo y se la pasó, con el mango hacia él.

—A las siete abre —dijo Versizo.

—Lo sé.

—¿Vienes conmigo?

Inés miró su blusa. Intentó quitar una costra de harina con la uña y solo consiguió extenderla.

—A las siete menos cinco. Pero ahora me voy a cenar.

Esta vez Versizo le sujetó la puerta.

Versizo

← Volver al cuaderno

QUÉDATE UN POCO MÁS

Otro sendero del bosque