Volver a llamar · UN RELATO DE VERSIZO

La silla vacía

Cuatro años sin contestar. Una casa que hay que vaciar. Y alguien que viene a por una silla.

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Versizo en una cocina del bosque, junto a una mesa y una silla vacía, bajo una luz cálida.
Del universo ilustrado de Versizo.

El anuncio decía: «Mesa y dos sillas. Veinte monedas. Recoger antes del anochecer». Versizo había dejado fuera de la foto las manchas de humedad y las cajas. También una tercera silla, la que cojeaba. Esa no se atrevía a venderla.

A las cinco llamaron a la puerta. Era Bruno. El tejón llevaba una cuerda enrollada al hombro y el mismo abrigo al que Versizo había prendido fuego, sin querer, en una acampada de hacía doce años.

—Vengo por la mesa.

Versizo miró por encima de él. No había carro.

—No sabía que eras tú —dijo.

—Yo sí.

En cuatro años Bruno le había escrito siete veces. Versizo recordaba el número porque había releído los mensajes la noche anterior. Una foto del río helado. Una pregunta por su trabajo. Dos invitaciones a cenar. Luego, mensajes más cortos. El último solo decía su nombre.

—Podías haberme contestado que no —dijo Bruno, ya dentro.

Versizo arrancó un trozo de cinta con los dientes. Se le pegó al hocico. Tuvo que quitárselo despacio.

—Sí.

No añadió que primero estaba ocupado, después avergonzado y después ya habían pasado demasiados meses. Le parecieron excusas incluso antes de abrir la boca.

Bruno pasó una pata por la mesa. Había un rectángulo claro donde hasta esa mañana estuvo el frutero.

—¿Te vas lejos?

—Al almacén del molino. Me dejan el cuarto de arriba.

—¿Y el taller?

—Cerró en febrero.

El tejón asintió. No preguntó qué había hecho desde febrero. Versizo llevaba meses preparando una respuesta a esa pregunta y agradeció no tener que pronunciarla.

Entre los dos sacaron la mesa. En el segundo escalón se atascó una pata. Discutieron sobre cómo girarla; Bruno dijo que siempre empujaba antes de escuchar. Esta vez no hablaba solo de la mesa. Versizo aflojó las manos.

Cuando volvieron por las sillas quedaba una olla sobre el fogón.

—Eso también lo vendo —dijo Versizo.

—¿La sopa?

La risa le salió por la nariz. Le molestó que fuera tan fácil y que no arreglara nada.

Sacó dos cuencos de una caja. Comieron con los platos sobre las rodillas, en mitad de la cocina vacía. Bruno se sentó en la silla coja. Cada vez que cogía pan, tenía que apoyar el talón contra una pata.

—Sigo enfadado contigo —dijo.

Versizo apartó de su cuenco una hoja de laurel.

—Ya.

Fuera empezaba a oscurecer. Faltaban tres viajes hasta el molino. Versizo quiso decir algo que sirviera para los cuatro años, pero Bruno le tendió el cuenco.

—Si queda, ponme un poco más.

Versizo

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