Lo que hacemos con la rabia · UN RELATO DE VERSIZO

La entrega

La carta del aserradero llega con una negativa. Elvira solo necesita una firma, pero Versizo acaba de ver al vecino en la puerta.

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Versizo lee una carta junto a un sobre gris en el portal; Elvira, una liebre con abrigo azul y bolsa de correo, sostiene el talonario y un bolígrafo.
Del universo ilustrado de Versizo.

Elvira le pidió que firmara antes de abrir la carta. Versizo ya había metido una uña bajo la solapa.

El papel se rasgó por un lado. Dentro venía una sola hoja, doblada en tres. Reconoció el nombre del aserradero antes de desplegarla.

—Aquí abajo —dijo la cartera.

La liebre le ofrecía un bolígrafo sujeto al talonario con un cordón. Tenía una mancha de agua en el hombro y las puntas de las orejas pegadas al cuello.

Versizo leyó la hoja. Después volvió al principio.

La plaza estaba cubierta.

Había ido tres veces. La primera, para preguntar. La segunda, con el papel que le faltaba. La tercera lo hicieron esperar junto a una puerta mientras al otro lado alguien hablaba de un pedido. Cuando por fin lo recibieron, le dijeron que ya lo llamarían. Él había respondido que podía empezar al día siguiente.

Desde entonces dormía con la ropa preparada sobre una silla.

Buscó la fecha. La carta llevaba tres días escrita.

—¿Y me la traes ahora?

Elvira acercó el talonario un poco más.

—Me ha entrado esta mañana.

—Tres días. Tres putos días.

La liebre miró la fecha por encima de la hoja, sin tocarla.

—Eso es de cuando la escribieron.

En la puerta de al lado, Tomás había salido a sacudir una alfombra. Versizo notó que se quedaba quieto con ella en las patas. El panadero lo había recomendado para aquel puesto. Todavía le preguntaba cómo iba lo suyo cuando se cruzaban.

—Sois todos unos inútiles —dijo Versizo.

Elvira dejó de alargar el brazo. Guardó el bolígrafo en el talonario y se recolocó la bolsa. El cordón quedó colgando por fuera.

—Luego paso.

No cerró de golpe la verja. Tuvo que tirar hacia arriba para que encajara, igual que todos los que entraban allí. Eso lo enfureció todavía más: que tuviera que verla pelearse con una cosa pequeña después de haberle dicho aquello.

Volvió a la hoja. «Agradecemos su interés». La frase terminaba en un punto muy negro. La apretó hasta dejar las dos primeras líneas dentro del puño.

Tomás entró con la alfombra. La campanilla del horno hizo un ruido breve.

Versizo se quedó en el escalón. Podía subir y llamar al aserradero. Pedir un nombre. Decirles que le habían hecho perder las mañanas, que no necesitaban tenerlo esperando si ya habían elegido a otro. Sabía también cómo sonaría su voz si llamaba en aquel momento.

Alisó la hoja contra la rodilla. Por la marca del puño no consiguió leer una palabra. La sabía de memoria.

En la acera de enfrente, Elvira sujetaba un paquete entre las piernas mientras buscaba una dirección. Sacó una carta, la devolvió al montón y volvió a empezar. El bolígrafo seguía colgando.

Cuando cruzó hacia el horno, Versizo se levantó.

La alcanzó en la puerta. Le sostuvo la hoja de cristal. Ella pasó sin darle las gracias; llevaba el paquete agarrado con las dos patas.

Entró detrás. Dentro olía a corteza tostada y a serrín húmedo. Tomás había dejado la alfombra junto a la estufa. Elvira apoyó el paquete en el extremo del mostrador y se frotó los dedos antes de sacar otro papel.

Versizo sostiene el sobre dentro de la panadería; Elvira, la liebre cartera, se frota las manos junto al paquete y el talonario, mientras el panadero queda al fondo.

—Antes he dicho que sois unos inútiles.

La liebre levantó la cabeza.

—Lo he oído.

Versizo tenía el sobre en la mano. Lo dobló y dejó de doblarlo.

—No tenía que habértelo dicho.

Tomás cogió un pan de la bandeja y lo volvió a dejar. Elvira no miró hacia él.

—Ni gritarme en la calle.

—Ni eso.

Esperó. Había imaginado que ella diría algo sobre tener un mal día. Él podría contarle lo del puesto. No tuvo ocasión.

La cartera sacó el talonario y lo abrió por una página que tenía una gota de lluvia.

—Todavía me falta tu firma.

Versizo guardó la carta del aserradero en el bolsillo de la mochila. La esquina arrugada se resistió a entrar. La empujó con el pulgar hasta que dejó de verse.

Elvira le acercó el bolígrafo. Esta vez él esperó a que señalara la línea. Firmó, levantó la punta y le devolvió el talonario sin mirar si Tomás seguía escuchando.

Versizo

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