La vida que escondemos · UN RELATO DE VERSIZO
El cuarto de arriba
Versizo lleva una botella a la casa nueva de Leo. Durante la cena le preguntan dónde vive y él tiene una respuesta preparada.
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Versizo había arrancado la etiqueta del precio con una uña. En el papel verde quedó una calva blanca que no conseguía tapar con la pata.
Leo abrió antes de que llamara por segunda vez. Olía a comida y a pintura reciente. El jabalí llevaba la camisa arremangada y una mancha de barniz en el hocico.
—Pensaba que ya no venías.
—Había atasco.
Había llegado veinte minutos antes. Los había pasado sentado en el banco de enfrente, mirando las ventanas.
Dejó la mochila junto a la puerta y alargó la botella con la calva hacia abajo. Leo dio las gracias sin mirar la etiqueta y lo abrazó. Desde el comedor, Vera levantó un vaso. Se conocían desde que tenían que ponerse de rodillas en las sillas para llegar a la mesa.
Ahora Vera tenía dos crías y una tienda. Leo estaba enseñándoles su casa.
—La cocina la tiramos entera —dijo—. Aquí antes no cabían dos.
Versizo pasó la pata por la encimera. No tenía ninguna junta hinchada. El cajón de los cubiertos cerraba solo; lo abrió otra vez para verlo.
—Está de puta madre.
Lo decía en serio. Eso era lo que más le molestaba: que no había nada malo que encontrar.
Durante la cena hablaron de una gotera, de los turnos de Vera y de una maestra que seguía sin jubilarse. Versizo se rio donde siempre. Apartó el pan hacia el centro, sirvió agua. Había preparado respuestas para preguntas que todavía no le habían hecho.
La de la casa llegó con el segundo plato.
—¿Tú sigues por el barrio viejo? —preguntó Vera.
—He cambiado. Ahora estoy más arriba.
—¿Por el molino?
—Por ahí.
Había vuelto a casa de su madre en febrero. Dos bolsas de ropa, la mochila y una caja que todavía no había abierto. Lo demás seguía en el piso con Inés. Al principio había dicho que sería cosa de unas semanas.
Su madre le había quitado las sábanas de flores al enterarse de que venía. Debajo seguía el mismo colchón.
—¿Y qué tal el sitio? —dijo Leo.
—Bien. Pequeño.
Vera asintió mientras cortaba un trozo de carne. Nadie pidió fotos. La conversación siguió, pero él ya estaba calculando qué tendría que decir si otro día querían pasar a verlo.
Después Leo sacó herramientas de un aparador para enseñarles cómo había reparado las bisagras. Versizo reconoció el destornillador que habían usado de jóvenes para abrir una radio. Seguía teniendo cinta azul en el mango.
—Este todavía anda por aquí.
—No voy a tirarlo si funciona.
Lo cogió. Le gustó que algo de aquella casa no fuera nuevo.
Vera se marchó a buscar a las crías. Leo y él llevaron los platos a la cocina. En el fregadero, la etiqueta suelta de una botella se pegó al colador. Versizo la despegó y la tiró.
—El vino estaba bueno —dijo Leo.
—Lo compré en el de la estación.
—Pues habrá que volver.
Versizo enjuagó un plato que ya estaba limpio. Leo le quitó el grifo de delante para llenar un vaso.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Leo bebió. Esperó un poco, sin cerrar el cajón que tenía abierto.
—Estoy en casa de mi madre —dijo Versizo.
El agua siguió corriendo entre los dos.
—Ah.
—En mi cuarto de antes.
Leo miró el plato. Versizo esperaba una pregunta sobre Inés, o sobre el trabajo, o cuánto pensaba quedarse. Tenía respuestas para las tres.
—¿Se puede dormir todavía en esa cama? —preguntó el jabalí.
—Cruje al girarme.
—Ya crujía cuando nos sentábamos dos.
Versizo cerró el grifo. El plato hizo un ruido seco al entrar en el escurridor.
—No te lo había dicho.
—Ya.
No hubo nada más durante un rato. Secaron los vasos. Leo guardó el destornillador en el aparador y Versizo volvió a ponerse la mochila. Se despidieron en la puerta, con la promesa habitual de no dejar pasar tanto tiempo. Esta vez él no añadió una excusa por adelantado.
Cuando llegó, su madre estaba en la cocina. Había dejado una luz encendida en la escalera.
—¿Has cenado?
—Sí.
Se quitó la mochila. En la mesa quedaba media manzana encima de un plato, oscura por un lado. Su madre la acercó a la lámpara para seguir pelándola.
—¿Les ha gustado el piso nuevo? —preguntó.
Él miró hacia la escalera.
—No les he dicho eso.
La madre dejó el cuchillo sobre el plato. Lo había oído ensayar aquella mentira por teléfono la semana anterior. No preguntó cuál de las dos veces estaba mintiendo ahora.
—He dicho que estoy aquí.
Ella volvió a coger la manzana y cortó la mitad que se había puesto marrón. Le tendió la otra.
Versizo la cogió. Se sentó en la silla de enfrente antes de subir.
Versizo

