La aspiración que dejamos atrás · UN RELATO DE VERSIZO
La boquilla
Versizo lleva una trompeta a una tienda de segunda mano. El comprador le ofrece treinta monedas y le pregunta si incluye el estuche.
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La boquilla estaba tibia. Versizo la había llevado en el bolsillo desde casa, apretada contra la pata. La dejó junto a la trompeta y el búho la empujó con un dedo para que no rodara.
—¿El estuche también?
Versizo asintió. En la tapa quedaba la pegatina de una orquesta que ya no existía. Había intentado arrancarla antes de salir, pero debajo apareció un negro más oscuro y prefirió dejarla a medias.
Damián cogió el instrumento por el centro. Probó los tres pistones y levantó la campana hacia la lámpara. El latón tenía una abolladura cerca del borde.
—Esto hay que enderezarlo.
—Siempre ha estado así.
—Y siempre habrá que enderezarlo.
El búho dejó la trompeta sobre un paño. Versizo tenía preparada una explicación sobre el sitio que ocupaba en el cuarto. Era mentira: el estuche cabía debajo de la cama. También podía decir que necesitaba el dinero. Lo necesitaba, pero aquella mañana no había ido a vender el reloj.
Su padre se la había dado al cumplir veinte años. Le quedaba bien, había dicho, verlo con algo entre las manos que no fuera una herramienta. La primera semana Versizo llevó el estuche a todas partes, incluso a comprar pan.
Durante un tiempo había ensayado después del trabajo. Luego cambió de turno, vino una mudanza, se estropeó el cierre. Cada vez que abría el armario veía el estuche y calculaba el dinero de unas clases. Lo volvía a guardar con más cuidado que las cosas que sí usaba.
Damián sacó un lápiz del bolsillo.
—Treinta, con el estuche.
Versizo miró la marca de los dedos en el latón.
—Costó ciento ochenta.
—Nueva.
El búho no añadió nada. A su espalda había guitarras colgadas y un tambor sin parche. Nadie tenía prisa por comprarle aquella parte de su vida.
—¿Puede tocar algo? —preguntó Versizo.
Damián lo miró.
—Para saber si está bien.
El búho limpió la boquilla con un paño, la encajó y sopló. Salieron cinco notas, una detrás de otra. La última hizo vibrar un vaso del mostrador. Versizo recordó el calor en los labios y la mano de su padre marcándole el ritmo sobre una rodilla.
—Está bien —dijo Damián—. Salvo el golpe.
Le tendió la trompeta. Versizo la cogió por costumbre. No se la llevó a la boca.
Podía pagar unas clases. Todavía podía. El jueves que venía, después del taller, había dos horas que nunca sabía dónde se le iban. Se vio entrando en la escuela, con el estuche por delante. Después se imaginó el jueves siguiente, buscando una excusa para no ir.
—¿La vendes o no?
Puso el instrumento sobre el paño.
—Sí.
Damián contó las monedas. Versizo cerró la pata sobre ellas y volvió a abrirla porque tenía la palma húmeda. El búho apartó el estuche para rellenar el recibo.
—Nombre.
Se lo dijo. A mitad del apellido, la punta del lápiz se rompió. Damián buscó otro debajo del mostrador. Versizo aprovechó para pasar la uña por el resto de la pegatina. Consiguió levantar una esquina y la soltó.
Mientras el búho escribía, sacó la boquilla de la trompeta. La hizo girar entre los dedos. Damián arrancó la hoja, se la dio y fue a atender a una liebre que esperaba junto a las cuerdas.
Versizo guardó el recibo. Se puso la mochila, se apartó para dejar pasar a la liebre y salió.
En la esquina se metió la pata en el bolsillo. Tocó el metal antes que las monedas.
Se quedó mirando el escaparate. Podía volver y decir que se la había llevado sin querer. No sabía si era verdad. Había tocado más veces aquella boquilla mientras pensaba en aprender que mientras intentaba sacar una nota.
Cruzó otra vez la puerta.
Damián levantó la cabeza. Versizo dejó la pieza sobre el paño, junto al hueco circular del estuche.
—Faltaba esto.
El búho la encajó sin probarla. Cerró la tapa. El pestillo torcido necesitó dos golpes de la mano; Versizo estuvo a punto de explicarle el truco, pero el segundo golpe bastó.
Fuera pasó un autobús. No era el suyo. Se quedó junto a la parada, con la mochila puesta y el recibo doblado en cuatro.
La boquilla le había dejado un círculo rojo en la palma. Lo frotó con el pulgar hasta que el siguiente autobús dobló la esquina.
Versizo

