Alegrarse por otro cuando también duele · UN RELATO DE VERSIZO
La primera caja
Ivo abre la caja de su primer libro. Versizo ha venido a ayudar con las sillas, pero le cuesta encontrar qué decirle.
Comenzar a leer
Ivo abrió la caja con una llave. La cinta se enroscó en el metal y no lo dejó llegar al otro extremo.
—Trae —dijo Versizo.
Sacó el cúter de la mochila. Había ido para ayudar a colocar las sillas, pero todavía no habían quitado las mesas del centro de la librería. La dueña estaba fuera, recibiendo otro paquete.
Dentro había veinte libros. Todos iguales. La misma cubierta gris, la misma franja amarilla y, debajo del título, el nombre de Ivo.
El conejo se quedó mirándolos. Tenía una oreja doblada contra el marco de las gafas y no parecía darse cuenta.
—Mira el lomo.
Versizo lo miró. El nombre estaba también allí, entre dos rayas negras.
—Se lee bien.
Lo había dicho como si estuvieran comprobando una etiqueta de equipaje. Ivo no lo notó. Sacó un ejemplar, lo abrió por el centro y acercó la nariz al papel.
Habían mandado sus manuscritos en el mismo sobre para pagar un solo envío. Después hicieron cuentas en una servilleta: cuántos ejemplares tendrían que vender para dejar el trabajo, si la presentación se llenaba, quién hablaría primero. Se rieron tanto que la camarera les pidió que bajaran la voz.
A Versizo le devolvieron las hojas en junio. Las de Ivo se quedaron allí.
—Han cambiado esta parte —dijo el conejo—. Ven, la del pozo.
Versizo cogió un libro. Era más ligero de lo que había imaginado. Pensó en decirlo. Luego pensó en preguntar cuántos había tenido que pagar por adelantado, aunque Ivo ya le había explicado que ninguno.
—¿En qué página?
Ivo buscó el número. Le temblaba un poco la uña sobre el margen.
Versizo había leído aquel capítulo en hojas sueltas, sentado en el suelo del cuarto de Ivo. Le había gustado. Le seguía gustando. Ahora encontró una coma mal puesta y se quedó allí más tiempo del necesario.
—Está en todos —dijo Ivo.
—¿Qué?
El conejo pasó un dedo por su nombre.
—Que está en todos.
Se rio solo, bajito. Versizo tuvo ganas de irse al baño y cerrar el pestillo. Quería quitarse de la cara lo que tuviera puesto antes de que su amigo lo viera.
La dueña entró cargada con otro bulto.
—Las sillas, chicos. En media hora tengo que abrir.
Dejaron los libros sobre una mesa. Arrastraron las sillas del almacén de dos en dos. Una tenía pegado un chicle debajo; Versizo lo tocó al levantarla y se limpió la pata en el borde de un cartón.
Ivo hablaba sin parar. Que su hermana venía en el autobús de las seis. Que no sabía si firmar con la fecha. Que anoche había probado tres bolígrafos y ninguno parecía de escritor.
—Cualquiera sirve —dijo Versizo.
Le salió seco. El conejo dejó la siguiente silla en el suelo.
—Ya. Es una tontería.
Versizo abrió la boca. No encontró nada que pudiera decir sin acabar hablando de su propio sobre, de junio, de lo mucho que él también llevaba esperando. Cogió otras dos sillas y las puso junto a la ventana.
En el cristal habían pegado un cartel con la cubierta del libro. Una esquina se había soltado. La cara impresa de Ivo, fotografiado muy serio, colgaba sobre su propio hombro.
—Pareces el de las multas —dijo Versizo.
Ivo miró la foto y soltó una carcajada. Esta vez Versizo se rio con él. Solo un momento. Cuando dejó de hacerlo, la punzada seguía debajo de las costillas.
Fue a buscar cinta al mostrador. Ivo sujetó el papel mientras él lo alisaba contra el cristal. La dueña les indicó desde el fondo que lo bajaran un poco.
—Desde fuera no se ve el título.
Versizo salió para comprobarlo. Al otro lado del escaparate, su amigo esperaba con las patas levantadas, sujetando su primera presentación contra un vidrio sucio.
Podía marcharse después de las sillas. Ya había ayudado.
Golpeó el cristal con un nudillo y señaló hacia abajo. Ivo bajó el cartel. Versizo levantó el pulgar.
Al entrar, cogió una silla de la última fila y la llevó a la primera. La mochila no cabía debajo. La dejó a un lado, con el cúter cerrado dentro.
—¿Ahí te vas a sentar? —preguntó Ivo.
Versizo pasó la manga por una mancha del asiento.
—Desde atrás no voy a oírte.
Versizo


