A quién dejamos fuera del logro · UN RELATO DE VERSIZO
Fuera de plano
Un fotógrafo viene a retratar el banco que Versizo ha restaurado. Para que salga bien, le pide que los demás se aparten.
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—Tú solo —dijo el fotógrafo.
Mara dio un paso hacia el escaparate. Llevaba las tijeras en el bolsillo del delantal y un alfiletero rojo atado a la muñeca. Versizo apoyó una pata en el respaldo del banco. La madera todavía olía a aceite.
—Así. No te pongas delante del asiento.
Le habían dicho que la foto saldría el domingo, junto a una nota sobre la recogida de muebles para la escuela. Él había llegado antes de la hora. Había lavado la mochila, se había quitado una mancha del hocico y había ensayado cómo apoyar el brazo sin que pareciera ensayado.
El banco era lo primero que veía cualquiera al entrar. Madera oscura, tela roja, dos tachuelas que no acababan de guardar la misma distancia. Cuando lo recogieron de la calle tenía una pata partida y la espuma asomaba por un agujero.
—¿Lo has hecho tú? —preguntó el fotógrafo.
Versizo asintió.
Había reparado la pata. También había lijado los brazos, primero con una lija demasiado gruesa, hasta que Mara se la cambió por otra. La nutria había rehecho las cinchas, cortado el relleno y cosido la funda. El lunes él había llevado bocadillos. Se habían olvidado de comerlos.
—¿Cuánto has tardado?
—Tres semanas.
El fotógrafo lo apuntó. Al fondo, Mara cerró una caja con el pie.
—Voy recogiendo esto.
—Ahora acabamos —dijo Versizo.
Ella metió en una bolsa los retales que aún podían servir. Separó el rojo del que tenía una gota de pegamento. Versizo conocía aquel ruido: las tijeras contra el fondo, el chasquido de la caja de alfileres. Durante tres semanas lo había oído cuando empezaba a hacerse de noche y ella decía que se iba, aunque todavía se quedara un rato más.
El fotógrafo apartó un taburete. Se agachó para mirar el banco a través de la cámara.
—Se te corta la mochila. Da igual. Mira hacia la puerta.
Versizo miró. En el cristal se veía a Mara doblando la manta con que habían transportado el mueble. A él se le veía de pie, con una pata sobre lo que ahora parecía haber hecho solo.
—Dime tu nombre completo.
Lo dijo. El lápiz volvió a moverse.
Había querido aquella foto desde que la mujer de la escuela les habló del periódico. Se imaginaba la hoja abierta en la mesa de su madre. Su nombre debajo. Algo que pudiera llevar a casa sin tener que explicar primero por qué no había salido como esperaba.
—Mara también —dijo.
El fotógrafo levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Que también lo ha hecho Mara.
Ella dejó de doblar la manta, pero no se acercó.
—¿Tu ayudante?
Versizo notó lo fácil que sería decir que sí. Una sílaba. Después podrían ir a tomar algo y él pagaría. Ya encontraría una forma de agradecérselo sin tocar lo que el otro estaba apuntando.
Se quitó del respaldo.
—La tapicera. La tela, el relleno, las cinchas. Yo he arreglado la madera.
Mara pasó la mano por el borde de la manta. Había quedado una tira colgando.
—Y la madera me la tuviste que mirar —añadió él.
El fotógrafo tachó algo con dos rayas. La hoja se rasgó un poco bajo la segunda.
—Pues poneos los dos. Pero así me tapáis el banco.
Mara cogió la bolsa.
—Si ya la tienes, no hace falta.
Versizo le apartó el taburete. Lo dejó junto al otro brazo del mueble, donde ella había pasado dos tardes sujetando la tela con las rodillas.
—No la tiene todavía.
La nutria lo miró antes de dejar la bolsa en el suelo. Se quitó el alfiletero y lo guardó entre los retales. No sonrió. Tampoco él encontró nada más que decir.
El fotógrafo retrocedió hasta la puerta. Desde allí se veía también una caja de astillas, la manta mal doblada y el cerco que una taza había dejado en el suelo.
—Hay que abrir más —dijo.
Versizo sujetó la hoja de la puerta para que no volviera a cerrarse. Entró una ráfaga fría. Mara puso el pie sobre la manta.
El fotógrafo se echó el trapo oscuro por la cabeza.
Esta vez Versizo esperó a que ella colocara la pata en el respaldo. Después puso la suya en el otro extremo.
Versizo


