Lo que se da por hecho · UN RELATO DE VERSIZO
La furgoneta
Darío ya ha preparado el viaje sin preguntarle. Esta vez Versizo necesita las llaves para algo que no sabe justificar delante de su hermano.
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Su hermano ya había extendido la lona sobre los asientos. Versizo vio las manchas blancas de la última mudanza antes de verlo a él.
—La cómoda va detrás —dijo Darío—. Si quitamos el asiento, cabe de pie.
Llevaba una cuerda al hombro. Había dejado la puerta de la furgoneta abierta y una rueda de repuesto apoyada contra el muro. Para sacarla había tenido que mover la mochila verde de Versizo. Ahora estaba en el suelo, con la esterilla dentro de un charco.
Versizo recogió la mochila. Sacudió la correa y la sostuvo lejos de las piernas.
—Hoy la necesito.
—Si es un viaje. Antes de comer estamos.
La última vez habían vuelto de noche. La cómoda de entonces había sido un armario, y el armario no entraba por la escalera. Versizo aún tenía una uña partida de empujarlo desde abajo.
Darío tiró de la lona para tapar una esquina del asiento.
—Dame las llaves, que la acerco.
Versizo las tenía en la pata. Había bajado con ellas y con un bocadillo envuelto en papel. La noche anterior había llenado el depósito y limpiado el cristal por dentro. Quería llegar al mar antes de que cambiara la luz. No había quedado con nadie. Esa era la parte que no sabía cómo explicar.
—No te la puedo dejar hoy.
Su hermano dejó de tirar de la lona.
—¿Qué tienes?
—Voy a salir.
—¿Adónde?
Versizo miró el charco de la esterilla.
—A la costa.
Darío esperó. Después se pasó la cuerda de un hombro al otro.
—Pues vamos primero a por la cómoda y luego te vas. Está al lado.
Versizo metió el bocadillo en el bolsillo exterior de la mochila. El papel crujió demasiado fuerte.
—No voy a ir a por la cómoda.
Un vecino cruzó la calle con una bolsa de pan. Darío lo saludó levantando la barbilla. Esperó a que pasara para volver a hablar.
—Ya le he dicho que íbamos.
—No me has preguntado.
Darío soltó una risa breve. Se acercó a la puerta del conductor y puso una pata en el respaldo.
—Cuando te hizo falta comprarla, bien que te acordaste de mí.
Versizo conocía la cifra que iba a venir después. Se la había pagado en seis plazos, todos dentro de un sobre. El último domingo Darío había contado las monedas en aquella misma acera.
—Me la vendiste.
—Barata.
—Sí.
No había una respuesta buena después de eso. Si discutía el precio, pasarían la mañana repasando favores. Si explicaba por qué necesitaba ver el mar, su hermano buscaría otro día en que pudiera verlo.
Versizo abrió la puerta trasera y dejó la mochila dentro.
—Saca la lona.
Darío lo miró como si no hubiera oído bien.
—¿En serio?
Versizo sostuvo la puerta. Su hermano tiró de la tela de golpe; una de las anillas arañó la chapa. La dobló sin juntar los bordes y se la metió bajo el brazo. La rueda seguía contra el muro.
—Eso lo recoges tú —dijo.
Versizo puso la rueda en su sitio. Pesaba más cuando tenía que levantarla solo. Tuvo que apoyarla en el borde, respirar y empujar con la rodilla. Darío se quedó mirando desde la acera.
Al cerrar, se pilló una punta del dedo. No dijo nada. La apartó despacio.
—Pues acuérdate —dijo Darío.
Su hermano se marchó con la cuerda arrastrando. En la esquina la recogió para que no se mojara. Versizo siguió aquel movimiento hasta que dejó de verlo.
Dentro, la furgoneta olía a polvo de obra y al jabón con que había lavado el salpicadero. Puso la llave en el contacto, pero no giró. Desde allí podía ver la ventana de su madre, cerrada todavía. Pensó en lo que su hermano le contaría al llegar.
Sacó la llave.
La sostuvo sobre el pantalón, tocando con la uña el borde gastado. Había tiempo de alcanzarlo. Bastaba con abrir la puerta y llamarlo. La cómoda seguiría donde la habían dejado.
Volvió a meter la llave. El motor necesitó dos intentos.
En el primer cruce tomó la calle de la casa de Darío. Avanzó unos metros y frenó. No venía nadie. Metió la marcha atrás, despacio, mirando los dos espejos.
El bocadillo se había aplastado bajo la correa de la mochila. Lo apartó al asiento de al lado antes de tomar la carretera. La marca de la cuerda seguía hundida en la tapicería.
Versizo


