Lo que cuesta parar · UN RELATO DE VERSIZO

Las dos monedas

Al terminar la jornada, Roque deja dos monedas junto a la plancha. Queda una tanda de ropa y Versizo todavía no se ha quitado el delantal.

Comenzar a leer
Versizo está sentado junto a ropa doblada en una lavandería; dos monedas y una plancha descansan sobre la mesa, con su mochila verde al lado.
Del universo ilustrado de Versizo.

Roque dejó dos monedas junto a la plancha. No llegaron a sonar: la mesa estaba cubierta por tres capas de paño húmedo.

—Falta la tanda de la fonda. Si la sacamos hoy, mañana no nos la encontramos.

Versizo mantuvo la pata sobre el asa. Llevaba once horas allí. En la ventana ya no veía el patio, sino la lámpara y su cara encima de los cristales.

—¿Cuánto queda?

Roque abrió una cesta. Los manteles subían por encima del borde.

—Una hora. Hora y media si vienen muy arrugados.

El perro se rascó bajo el cuello de la camisa. Tenía el pelo aplastado por el vapor. También había estado allí desde la mañana, aunque a mediodía había salido a llevar dos paquetes y había vuelto con olor a pan.

Versizo miró las monedas. Con las que llevaba en el bolsillo y aquellas dos completaba lo del cuarto. El casero había dejado de preguntarle cuándo cobraría. Ahora lo esperaba abajo, sentado en el primer escalón, y no apartaba las piernas hasta que Versizo lo saludaba.

—Acabo esta —dijo.

Extendió una sábana y buscó la esquina. La encontró debajo de la otra. Volvió a abrirla. El dobladillo se le enganchó en una uña; lo soltó con los dientes. Quedaba una franja de sol sobre la mesa, pensó. Después miró la ventana y recordó que era la lámpara.

Apoyó la plancha. El vapor le calentó la cara.

—La estás dejando quieta.

Versizo la levantó. Bajo el metal había una mancha amarilla, del tamaño de una oreja. Roque acercó la lámpara. Pasó el pulgar por la tela y la olió.

Ninguno dijo nada durante un rato. Del cuarto de lavado llegaban los golpes del agua contra el tambor.

—Dale con agua fría —dijo el perro—. Y deja la plancha de pie.

Versizo mojó un trapo. Frotó la marca hasta que se le enfriaron los nudillos. La sábana seguía amarilla. Por darle más fuerte no iba a salir, pero seguía dando.

Roque cogió otro mantel.

—¿Te quedas, entonces?

—Estoy mirando esto.

—Eso lo miramos mañana.

Versizo apoyó las dos patas en la mesa. Le temblaba un músculo debajo del ojo. Intentó detenerlo apretando los párpados y, al abrirlos, tuvo que enfocar de nuevo la mancha.

Las monedas seguían junto a la plancha. Tenían un borde oscuro. Imaginó el ruido que harían al dejarlas en el plato del casero, el espacio que le abriría entre las rodillas para dejarlo subir.

Se quitó el delantal. El nudo estaba mojado y tuvo que tirar de una punta varias veces.

—Hoy no.

Roque miró primero el delantal y después la cesta.

—Me lo podías haber dicho antes.

—Antes iba a quedarme.

El perro recogió las monedas. Al guardarlas sí sonaron. Apartó la sábana marcada y tiró del siguiente mantel; una punta tocó el suelo.

Versizo se agachó a recogerla. La sacudió, la puso sobre la mesa y fue a buscar la mochila. El delantal había dejado en su vientre un rectángulo de pelo apelmazado. Se pasó la pata por encima sin conseguir levantarlo.

—Cierra bien —dijo Roque.

Versizo tuvo que volver a empujar la puerta. La primera vez no había encajado el pestillo. A través del vidrio vio al perro inclinado sobre la mesa, colocando las esquinas una encima de otra.

Subió la calle despacio. Cuando llegó al portal, el casero ya no estaba. Se alegró y sintió vergüenza de alegrarse. En el buzón sobresalía un papel doblado. Reconoció la letra y se lo metió en el bolsillo sin abrirlo.

Dentro del cuarto no encendió el fogón. Dejó la mochila junto a la cama y se sentó para desatarse los cordones. El de la izquierda se había hecho un nudo. Lo aflojó con una uña, de rodillas sobre el suelo, porque sentado no veía bien.

El despertador estaba puesto a las seis. Acercó la pata a la ruedecilla: podía entrar antes y preguntarle a Roque si quedaba algo por hacer.

La dejó un momento sobre el metal frío. Después apartó la pata.

Se tumbó con el papel todavía en el bolsillo. La punta le rozaba la cadera. No lo sacó.

Versizo

← Volver al cuaderno

QUÉDATE UN POCO MÁS

Otro sendero del bosque

Volver a ser aprendiz01

La costura torcida

Al sexto intento, el agujero del bolsillo era mayor. Versizo tenía que entregar el abrigo antes de cerrar y ya casi no quedaba tela.

Entrar en el relato
Lo que no vuelve02

El billete mojado

El último autobús está a punto de salir. Versizo lleva el dinero justo. Delante, una liebre intenta secar un billete con la manga.

Entrar en el relato