Empezar después de un fracaso · UN RELATO DE VERSIZO
El primer turno
Teo ha cerrado su restaurante. Versizo lo acompaña hasta la puerta de la cocina donde empieza a trabajar, pero entrar le corresponde a él.
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Teo llevaba veinte minutos intentando quitarse el anillo. No era de casado. Era el sello de su restaurante: una espiga hundida en la plata. Tenía el dedo hinchado y el pelo mojado de tanto pasárselo por la boca.
—Déjalo —dijo Versizo—. Puedes guardarlo en el bolsillo cuando salga.
Estaban detrás del mercado, junto a los contenedores. La puerta de la cocina tenía un cartón bajo el pestillo para que no se cerrara. De dentro llegaba el golpe de una olla contra otra.
—Por aquí sacábamos la basura —dijo el zorro.
Versizo no le recordó que aquella era otra cocina. Teo le había pedido que lo acompañara hasta la puerta. Nada de entrar, nada de hablar con nadie.
—Todavía faltan diez minutos.
El zorro se secó la mano en el pantalón. Se había puesto la camisa que usaba para recibir a los proveedores. En el cuello conservaba la forma de la percha.
Su restaurante llevaba cerrado desde agosto. La primera semana había bajado cada mañana a ventilar. Después dejó de hacerlo porque encender las luces volvía a poner en marcha el contador. Ahora pasaba por la otra acera. En la puerta seguía el aviso de vacaciones; no había encontrado una frase que quisiera pegar encima.
—Puedo buscar otra cosa.
Versizo miró el cartón del pestillo.
—Puedes.
—Algo de lo mío.
Se oyó caer un cubierto. Alguien se rio dentro.
Teo sacó del bolsillo la hoja que le habían dado para rellenar. Nombre, dirección, teléfono. En «última empresa» había escrito el nombre del restaurante con las mayúsculas del letrero. Debajo quedaba una casilla para el puesto.
—¿Qué pongo aquí?
—Lo que hacías.
—Ya.
Apoyó el papel contra la pared. Escribió «propietario». La punta atravesó la hoja en la última o y dejó un punto de tinta sobre el ladrillo.
La puerta se abrió. Una nutria con un paño al hombro los miró desde el escalón.
—¿Teo?
El zorro dobló la hoja por la mitad.
—Soy yo.
—Nora. Pasa, que te enseño dónde cambiarte.
Ella sujetaba la puerta con el pie. No le preguntó si había encontrado bien la calle. Al fondo, junto al fregadero, se acumulaban unas bandejas con los bordes negros.
—Ahora voy.
Nora retiró el pie. El cartón aguantó.
Teo miró a Versizo.
—Les enseñé a dos de estos a cortar cebolla.
El erizo le sostuvo la bolsa de ropa mientras se quitaba la chaqueta. Dentro había una camiseta, un bocadillo envuelto en papel y el delantal blanco del restaurante. Teo lo sacó. En el pecho llevaba bordada la misma espiga del anillo.
—Dame la bolsa —dijo.
Versizo se la acercó. Teo metió el delantal otra vez, debajo del bocadillo.
—¿Te espero luego?
—No sé a qué hora saldré.
Se abrazaron de lado, sin soltar la bolsa. Una de las púas se enganchó en la manga del zorro. Tuvieron que separarse despacio para sacarla.
Dentro, Nora le dio un delantal de plástico azul. Tenía un corte pequeño junto al ojal, reparado con cinta. Le señaló una taquilla sin puerta y un gancho para la chaqueta.
—El agua caliente tarda. Abre la de la izquierda y déjala correr.
Teo se ató las tiras a la espalda. El nudo le quedó demasiado alto. En su cocina había comprado delantales que se cruzaban delante para evitar aquello.
Dejó el anillo junto al teléfono, en el hueco de la taquilla. La pantalla se encendió: el número del dueño del local. Esperó hasta que dejó de sonar.
Nora pasó con una cazuela entre las manos.
—Lo pegado, primero a remojo. Si una no sale, la dejas y coges otra.
Teo abrió el grifo. El agua estaba helada. Puso el tapón, echó jabón y buscó el estropajo bajo las bandejas.
Al otro lado de la puerta, Versizo dio dos pasos y se detuvo al oír el nombre de su amigo. Nora le preguntaba qué talla de guantes usaba.
—Mediana —contestó Teo.
El agua seguía saliendo fría cuando metió la primera olla.
Versizo


