Lo que no podemos adelantar · UN RELATO DE VERSIZO
El patio interior
Han dicho que saldrán a buscarlo cuando sepan algo. Versizo espera frente a la puerta, con el abrigo de su madre en la silla de al lado.
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Versizo volvió a preguntar a las doce. La cabra que estaba detrás del mostrador levantó la vista antes de que él terminara de decir el apellido.
—Todavía no.
—Habían dicho a las once.
Ella miró una hoja y la dejó donde estaba.
—En cuanto haya noticias, salimos a buscarlos.
Versizo asintió. Había hecho la misma pregunta tres veces, cambiando el principio para que pareciera otra. Volvió a la silla que daba de frente a la puerta de vaivén.
El abrigo de su madre ocupaba el asiento de al lado. Se lo habían entregado dentro de una bolsa, con los zapatos separados por un papel. El anillo estaba en el bolsillo pequeño de la mochila. Ella se lo había quitado con jabón antes de entrar; él había visto la raya pálida que quedaba debajo.
Una camilla cruzó el pasillo. Versizo se incorporó lo suficiente para buscar una cara. No era su madre. Se sentó antes de que la rueda trasera hubiera terminado de pasar.
El reloj marcaba las doce y cuatro. Pensó en pedir que lo miraran por dentro, por si se había parado. El segundero seguía dando golpes pequeños.
La mochila conservaba el olor del cuarto. Al abrirla para comprobar el anillo, encontró un recibo del horno y una manzana. La había metido su madre por la mañana.
«Luego dices que no había nada.»
Le había molestado que pensara en eso. También le había molestado que tardara tanto en abrocharse el abrigo. No conseguía recordar si la había ayudado o si solo se había quedado al lado, con la puerta abierta y las llaves preparadas.
Sacó la manzana. La volvió a guardar.
Del fondo del pasillo llegó una risa. Versizo miró hacia allí con una rabia breve, desproporcionada. Dos trabajadores estaban cambiando una bolsa en un carro de limpieza. Uno le enseñaba al otro algo que llevaba pegado a la manga.
La puerta de vaivén se abrió. Salió un ciervo con un vaso en la mano. Versizo ya estaba de pie.
El ciervo dobló hacia una escalera sin mirarlo.
La cabra del mostrador pasó delante con una carpeta. Él dio un paso para detenerla. Ella se paró.
—Voy a buscar unas hojas —dijo.
Versizo apartó el cuerpo. Había vuelto a ponerse en medio de su camino.
Se quedó de pie hasta que ella regresó. No le preguntó nada. Cuando se sentó, las rodillas le temblaban lo bastante para mover la bolsa de los zapatos.
Había un patio al otro lado de una puerta de cristal. Desde su silla veía una maceta vacía y la punta de una rama. Se acercó para mirar. La puerta tenía un muelle demasiado duro; tuvo que empujar con el hombro.
Antes de salir se volvió hacia el mostrador.
—Estoy aquí mismo.
La cabra levantó una pata sin dejar de ordenar las hojas.
El patio era pequeño, con un árbol metido en un cuadrado de tierra. En una esquina goteaba un tubo. Detrás del cristal seguía viéndose la puerta de vaivén.

Versizo puso la mochila en un banco y se quedó a su lado. El aire le enfrió el vientre. Había pasado toda la mañana sintiendo calor y no se había dado cuenta de que estaba sudando.
Apretó la manzana a través de la tela. Tenía un golpe blando bajo la piel. Su madre las compraba así porque salían más baratas; cortaba lo oscuro y dejaba los trozos buenos en un plato.
Volvió a mirar el cristal. Nadie lo estaba buscando.
Sacó el anillo. Había un poco de jabón seco en el borde interior. Lo quitó con la uña y lo dejó caer sobre la tierra. El anillo seguía siendo el mismo. No podía leer nada en él.
Se lo guardó antes de que se le resbalara. El cierre del bolsillo se atascó en el forro. Esta vez separó la tela con los dedos en lugar de tirar más fuerte.
La puerta de cristal empezó a cerrarse. Había dejado de sujetarla con el pie. La alcanzó con la pata y la acompañó para que no golpeara.
Dentro, la cabra había cambiado de sitio el vaso de los bolígrafos. El reloj marcaba las doce y diecisiete. La puerta de vaivén estaba cerrada.
Versizo volvió a su silla.
Sacó la manzana y la apoyó sobre la bolsa. No tenía un cuchillo para quitarle el golpe. Mordió por el lado contrario. Sonó fuerte en aquella sala, y se quedó con el trozo en la boca hasta que pudo tragar.
Después recogió el abrigo de su madre. Una manga había quedado del revés dentro de la otra. Metió la pata hasta encontrar el puño y tiró despacio, sin soltar la manzana.
Alisó el forro sobre las rodillas. La puerta seguía dentro de su campo de visión.
Versizo


