Lo pequeño, todavía · UN RELATO DE VERSIZO

La sal

Nora ha venido por las últimas cajas. En la cocina quedan una cafetera, un salero y cosas que ninguno sabe cómo repartirse.

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Versizo sostiene un trozo de pan junto a un plato, una botella de aceite y un salero en la cocina; detrás cuelga su mochila verde con esterilla y quedan cajas cerradas.
Del universo ilustrado de Versizo.

Nora había pegado un papel en la cafetera. También en la radio y en una caja de platos. Versizo cogió el salero.

—¿Y esto?

La zorra miró el recipiente de barro que él sostenía, luego la caja abierta entre los dos.

—Quédate la sal.

Había venido por lo último. Llevaba las llaves preparadas en un bolsillo y una bolsa de papel bajo el brazo. La dejó en la encimera. Del fondo asomaba un pan redondo.

—He pasado por el horno. No sabía si habrías comido.

—Ahora te preocupa.

Nora empujó el pan hasta dejarlo fuera de la caja que estaba llenando. No contestó. Él hubiera preferido que contestara: tenía otras dos frases listas, y una era bastante peor.

Abrió un cajón y sacó cucharas, una pinza rota, el cuchillo del mango azul. Lo fue poniendo todo sobre el paño. El cuchillo lo habían comprado una mañana que salieron solo a por cebollas y volvieron con una maceta, un paraguas y aquel cuchillo. A Versizo le había parecido una estupidez gastar tanto. Luego había usado el cuchillo cada día durante seis años.

—Ese es tuyo —dijo ella.

—Cógelo si quieres.

—No te he dicho que lo quiera.

La cafetera dejó un círculo oscuro al levantarla. A la pared le faltaba un trozo de pintura detrás de la radio. Versizo había pensado muchas veces en comprar una mejor, con la antena entera, pero al final siempre encontraba la emisora girando un poco el cable. Los sábados sonaba mientras Nora cortaba verduras. Se sabía los anuncios y los cantaba mal, adelantándose al locutor.

Ahora la envolvía en una toalla, con cuidado de no arrancar el cable.

—Parece que no hubiera habido nada bueno aquí —dijo él.

Nora dejó de envolverla. Tenía el extremo de la toalla cogido entre los dientes. Lo soltó.

—Yo no he dicho eso.

Versizo raspó con una uña el papel de la cafetera. No salía entero.

—Pero te vas.

Ella dobló hacia dentro las esquinas de la toalla.

—Sí.

Dejó pasar un momento y añadió:

—No vuelvas a hacerme explicártelo para poder discutirlo otra vez.

Versizo soltó la cafetera. Se le había quedado un pedazo de papel pegado a la pata. Lo hizo una bolita. En las últimas semanas había repasado las mismas conversaciones cambiando el orden de sus respuestas, como si aún pudieran oírlas de otra manera.

—La cafetera déjala —dijo Nora—. En el cuarto ya tengo una. La radio sí me la llevo.

Entre los dos cerraron la caja grande. Él sostuvo las solapas mientras ella pasaba la cuerda. Cuando el nudo quedó demasiado cerca de un borde, Nora lo desplazó y le atrapó un dedo. Se apartaron a la vez.

—Perdón —dijo ella.

—Nada.

Afuera esperaba un carro. Nora llevó la caja contra el pecho. Versizo sacó las otras dos, las que contenían libros y ropa, y las colocó de canto para que cupieran. En un bache del suelo se golpeó la rodilla. No dijo nada hasta que dejó el peso.

Las llaves hicieron un ruido seco sobre la encimera. Nora tenía una marca roja de la cuerda en la muñeca.

—Las pequeñas son las del trastero. A veces se atascan.

—Ya lo sé.

Ella asintió. Era una explicación que él no necesitaba. Lo rozó en el brazo al pasar, apenas con el dorso de la pata. No le dio un abrazo. Él no se lo pidió.

Cuando cerró la puerta, Versizo fue hasta la ventana. Miró cómo el carro doblaba la esquina y siguió mirando el sitio donde había desaparecido. En el cristal quedó una mancha de su hocico.

El estómago le hizo un ruido que le dio vergüenza, aunque ya no había nadie para oírlo.

Volvió a la bolsa. Rasgó el pan con las patas porque no quería buscar el cuchillo entre los cubiertos. La corteza crujió y le cayó harina en el vientre. Por dentro aún guardaba calor.

Sacó un plato de los que habían quedado. Le puso aceite a la miga y buscó sal. El salero tenía una grieta que atravesaba la base; tenía que cogerlo por abajo para que no perdiera granos. Lo había hecho así tantas veces que no necesitó mirarlo.

Comió de pie. Le dolía la rodilla y la puerta seguía cerrada. En la pared había un cable que ya no iba a ninguna parte.

El aceite le corrió por un dedo. Lo lamió. Luego arrancó otro trozo.

El pan seguía tibio. Se lo terminó antes de fregar el plato.

Versizo

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Al sexto intento, el agujero del bolsillo era mayor. Versizo tenía que entregar el abrigo antes de cerrar y ya casi no quedaba tela.

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