Lo que podemos decir sin que nos corrijan · UN RELATO DE VERSIZO

El brazalete

Bruno necesita una cinta negra para el entierro de su padre. Mientras Versizo la cose, hay algo que no se atreve a decir.

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Versizo escucha a Bruno, un tejón con abrigo marrón, ante una mesa de costura con un brazalete negro, hilo y tijeras.
Del universo ilustrado de Versizo.

Bruno dejó la cinta negra sobre la mesa.

—Que no apriete. Mañana tengo que llevarlo todo el día.

Versizo buscó hilo entre los carretes. El tejón no se había quitado el abrigo. Tenía el cuello levantado y un botón metido en el ojal que no era. Desde la puerta hasta la silla había repetido dos veces que no quería molestar.

—Siento lo de tu padre —dijo Versizo.

Bruno se sentó.

—Gracias.

La cinta había salido de una falda vieja. Uno de los bordes conservaba los agujeros diminutos del dobladillo. Versizo rodeó con ella el brazo de Bruno, por encima de la manga.

—¿Así?

El tejón asintió. Llevaba todo el día haciendo llamadas, buscando papeles, contestando preguntas sobre la hora y el camino. Aquella tarde había pasado por la casa a recoger un traje. En un bolsillo encontró una entrada de teatro que su padre no había usado nunca.

—¿No pudisteis ir? —preguntó Versizo.

—Fui yo. Solo.

Versizo dobló los extremos de la tela. Había preparado una frase sobre los recuerdos buenos, pero dejó la aguja entre los dientes y no la dijo.

Bruno se desabrochó el botón equivocado. Volvió a abrocharlo mal.

—Todos me preguntan cómo estoy.

—Es normal.

—Ya. Digo que mal y dejan de preguntar.

El hilo se había enredado alrededor de un carrete vacío. Versizo tiró y lo rompió. El chasquido pareció demasiado fuerte.

—¿Y cómo estás?

Bruno se miró las rodillas.

—Anoche dormí seis horas.

—Te haría falta.

—Sin mirar la puerta.

Versizo dejó el carrete. Conocía aquella puerta: la del dormitorio de Bruno cuando eran pequeños. La cerradura no tenía llave por dentro. Una vez se habían quedado allí esperando a que el padre terminara de enfadarse con la madre. Se sentaron en el suelo para que no se vieran los pies bajo la rendija.

—Pensaba que eso se te habría pasado —dijo.

Bruno levantó la vista.

—Yo también.

Versizo metió el hilo por el ojo de la aguja. Esta vez a la primera. Dio dos puntadas demasiado juntas y tuvo que sacar una.

—Al final de su vida estaba más tranquilo.

El tejón cogió la cinta por un extremo.

—Tú lo veías en el mercado.

No tiró de ella. Solo la sostuvo hasta que Versizo soltó la aguja.

—Sí —dijo el erizo.

Bruno pasó el pulgar por los agujeros del antiguo dobladillo.

—Ayer, cuando me llamaron, pensé una cosa. Antes de pensar en el traje o en mi madre. Antes de todo eso.

Versizo esperó.

—Que ya no iba a volver a llamarme.

En la habitación de arriba arrastraron una silla. Bruno miró al techo y después a la puerta. La pata que sujetaba la cinta se le había quedado inmóvil.

—No me salió pena. Me salió alivio.

Versizo notó la frase que estaba a punto de decir. Pero era tu padre. Le llegó entera, con la voz de alguien a quien se la había oído muchas veces.

Cogió las tijeras. Las dejó otra vez.

Bruno empezó a recoger el abrigo por delante, como si fuera a levantarse.

—También lo quería —añadió.

—Te he oído.

—Lo otro también.

—Lo otro también.

La cinta tenía todavía el tamaño del brazo de Bruno. Versizo la cosió sin estrecharla. Cuando acabó, le ofreció el brazalete, pero el tejón no alargó la pata.

—¿Puedo quedarme un rato?

Versizo apartó la caja de hilos de la otra mitad de la mesa.

Bruno puso allí los codos. Se tapó la cara. El brazalete quedó entre los dos, con una hebra negra que Versizo aún no había cortado.

Versizo

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