Cambiar sin testigos · UN RELATO DE VERSIZO

La vuelta larga

Al salir del trabajo, Versizo evita la plaza y toma el camino del río. Nadie sabe por qué ha elegido llegar más tarde a casa.

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Versizo, con su mochila verde y la esterilla enrollada, se detiene en un cruce empedrado junto al río; detrás quedan las ventanas iluminadas de una taberna.
Del universo ilustrado de Versizo.

En la esquina de la taberna, Versizo cambió la mochila de hombro y siguió de largo. Llegó hasta la frutería cerrada antes de darse cuenta de que había aguantado la respiración.

Desde allí aún podía ver la puerta. Un perro con el delantal doblado en la cintura salió a sacudir un paño. Versizo reconoció el gesto: dos golpes contra la pared y una mirada a la calle antes de volver dentro. A esa hora solía estar sentado junto a la ventana. No hacía falta pedir. Lázaro dejaba el vaso y luego preguntaba por el trabajo.

Había dejado de beber tres veces aquel mes. Las tres se lo había contado a alguien.

La última vez Bruno le había dado una palmada en la espalda. «Bien, hombre». Versizo había pasado el resto de la tarde esperando otra cosa: una pregunta, una llamada por la noche. Como si aquel anuncio le hubiera repartido la tarea a los demás.

Volvió a mirar la puerta. El perro ya había entrado.

Para llegar al molino tenía que cruzar la plaza. Desde el centro se oían las fichas de dominó y se veía su silla, la que tenía un taco de madera bajo una pata. Podía entrar solo a saludar. Era una frase que conocía bien.

Se desvió hacia el río.

La lluvia había levantado el olor de las hojas podridas. El camino de la orilla daba un rodeo hasta el puente viejo y después subía otra vez al pueblo. De pequeño había bajado por allí con una caña que no sabía usar. Ahora apenas se distinguía el sendero bajo la hierba.

Se hundió hasta el tobillo en un charco. Sacó la pata y la mantuvo levantada, como si todavía pudiera devolver el agua.

—Por aquí no se va al molino.

Lidia estaba bajo el saliente del lavadero, quitando una ramita del eje de su carro. Llevaba dos cestos tapados con un hule.

—Ya lo sé.

—Arriba han terminado de arreglar la calle.

Versizo se ajustó la correa. Tenía preparada una explicación sobre el aire, sobre estirar las piernas después de la jornada. Ella no se la pidió. Volcó el carro un poco más y tiró de la ramita con los dientes.

Él sujetó un lateral para que no cayeran los cestos. La madera cedió con un chasquido.

—Ahora —dijo Lidia.

Empujaron hasta poner las ruedas sobre el suelo. La liebre probó el carro y le dio las gracias. Antes de irse le señaló el puente con la barbilla.

—Ten cuidado al bajar. Resbala.

La vio alejarse. Durante un momento tuvo ganas de llamarla y contarle por qué estaba allí. Había hecho algo difícil y ella solo había visto a alguien que sujetaba un carro.

Sacó la pata del bolsillo. Había apretado las llaves hasta dejarse la forma de un diente en la palma.

Al llegar al puente, el reloj de la iglesia dio las ocho. Aún podía subir la cuesta de la fuente. Desde allí a la taberna había menos de cinco minutos. Pensó en el vaso y no consiguió pensar en otra cosa durante un trecho. Dejó que el pensamiento siguiera con él mientras cruzaba.

En el cuarto encendió la lámpara. Había dejado pisadas húmedas sobre las tablas. Se secó las patas con un trapo y dejó la mochila junto a la cama.

Había un vaso en el alféizar. Tenía una línea turbia a media altura y una mosca muerta en el fondo. Lo acercó a la nariz por costumbre. Después fue al lavabo del descansillo.

Frotó el borde con el pulgar. La mosca se quedó un instante junto al desagüe antes de desaparecer. Aclaró el vaso y lo llenó.

En el cuarto buscó la libreta donde guardaba los teléfonos. Encontró el de Bruno. Podía bajar a usar el aparato del portal antes de que el dueño cerrara la oficina.

Dejó la libreta abierta y bebió de pie. El agua sabía un poco al paño con que había secado el vaso.

Se sentó en el borde de la cama. En el bolsillo de abajo de la mochila quedaba una cucharada de agua. La inclinó sobre el cubo, vio caer las últimas gotas y buscó un trapo seco para pasarle por dentro.

Mañana tendría que ponérsela otra vez.

Versizo

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Las dos monedas

Al terminar la jornada, Roque deja dos monedas junto a la plancha. Queda una tanda de ropa y Versizo todavía no se ha quitado el delantal.

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